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Subida a Hoya Moros

Al este de Candelario y junto a las piscinas  municipales encontramos un cruce donde comienza la carretera de La Garganta. Siguiendo esta carretera en unos 4 kilómetros llegaremos al puente  de los Avellanes que cruza el río Cuerpo de Hombre. Junto a él parte a la izquierda una pista que en aproximadamente 1 kilómetro nos acercará hasta el área recreativa de La Dehesa de Candelario, donde existe un refugio de piedra y una fuente rodeados de un gran robledal.

Una explanada nos permitirá dejar nuestro coche para continuar a pie por una buena pista que, atravesando primero el robledal y desechando todas las bifurcaciones  que parten a la izquierda, nos llevará en dura ascensión hasta una senda marcada con hitos que conduce al valle glaciar de Hoya Moros , donde una extensa pradera rodeada de altos paredones sirve de nacimiento al río Cuerpo de Hombre.

Es este uno de los parajes más bellos de toda la sierra y de gran valor ambiental, al igual que toda la ruta descrita.

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Para ser conscientes de la magnitud de las fuerzas de la Naturaleza hemos de pasear por el fondo de los valles glaciares. Junto a la carretera que asciende desde Candelario a la llamada Segunda Plataforma, en la última curva, un sendero nos acercará hasta este impresionante vacío, otrora colmatado de hielo. En invierno el paseo se hace entretenido, adivinando los hitos de piedras que despuntan sobre los piornos. Estos arbustos se almohadillan redondeando las lomas, en una lograda estrategia que les protege de las bajas temperaturas. La nieve en su descenso, se coloca sobre sus ramas tupidas y las escasas hojas, dando forma a una manta continua. Debajo de ella la vida sigue, la vegetación sobrevive y a su abrigo una riqueza zoológica que en ocasiones delata su presencia por las huellas de sus tránsitos.

Si bajamos un poco por este embudo rocoso, hasta donde sus arroyos se entrelazan y los saltos de agua se quedan detenidos por viento helado, nos hallaremos en un anfiteatro pétreo. Una cantata de gorgoteos y agudos soplidos será interpretada, bajo una sensación de soledad, de plácida tranquilidad. El silencio del frío se rompe con el deshielo, cuando resquebrajarse y fundirse cumple su función de hidratar a los bosques postreros. Es un lugar para callarse, escuchar y dar paro a la admiración y al embelesamiento.

Ascendiendo unas decenas de metros, por el sendero que nos lleva hasta la cima, cambiaremos de enfoque. De los muros graníticos que nos cubren como una empalizada, abrimos la visión a kilómetros de llano y sierras desde la cuerda del Calvitero. Hacia el sur las tierras charras, con las sierra de las Quilamas, de Francia y de Gata cerrando el paisaje. Hacia el norte las cumbres abulenses, con el Valle de Trampal a nuestros pies, excepcional ejemplo de lagunas glaciares. Un paseo junto a sus azulados y acuosos cristales nos provocará una sensación de humildad ante la inmensidad natural. Aquí tenemos la visión del Águila Real, la panorámica de un solapamiento de montañas que forman parte de las estribaciones del Sistema Central.

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